La terapia del color (CROMOTERAPIA) no es una invención del siglo XX. Este arte se ha cultivado
desde la más remota antigüedad en los templos de Egipto, así como en la antigua
Grecia, China e India.
Reconocida tardíamente en 1976 como "Terapia alternativa"
por la Organización Mundial de la Salud, no presenta riesgo alguno ni
contraindicaciones. La cromoterapia nos permite restaurar el equilibrio
necesario para alcanzar un estado saludable.
Al ser una terapia holística trata a cada persona como
un todo, actúa simultáneamente sobre los niveles físico, energético y
espiritual. Esto la convierte en efectiva para el tratamiento de las más
diversas patologías: desde jaquecas, hasta trastornos circulatorios.
La energía que emiten los colores se puede combinar en las
comidas diarias, en la ropa que elegimos para vestirnos, en el color con el que
decoramos nuestro hogar y en nuestra manera de maquillarnos. De esta manera
aprovecharemos sus efectos y ganaremos en vitalidad y mejoraremos nuestra salud
física y emocional.
Esta terapia alternativa fue practicada por la civilización
egipcia, la antigua China a partir de los fundamentos de la Medicina
Tradicional China, en la India gracias a la Ayurveda y heredada a partir de
ellas al Tíbet y a otras partes de Asia. Los pueblos musulmanes la aprovechaban
de forma diversa, y era común que las mezquitas iraníes se utilizaran azulejos
con diferentes colores para inspirar el espíritu y purificarlo.
Un caso concreto famoso de aplicación antigua de la
Cromoterapia es el del Templo de
Heliópolis, que fue diseñado de tal forma que los rayos provenientes
del Sol se descompusieran en los siete colores del espectro, para así
utilizarlos con propósitos curativos. A partir de la arquitectura se pretendían
aprovechar las propiedades de los colores, aunque sin aplicaciones medicinales
concretas.
Sin un propósito expreso (por ser considerado pagana) la
Cromoterapia fue utilizada en la Edad Media, cuando las Catedrales eran
adornadas con azulejos vidriados para tomar los famosos 'baños de sol'.
Hasta aquí la Cromoterapia no era considerada una terapia
constituida de forma explícita, sino como un poder curativo difuso e impreciso,
que a pesar de aprovecharse no tenía una aplicación directa.
Hacia 1923 el Dr. Alexander Gurvich realizó un trabajo
pionero relativo a las propiedades de los colores. Según sus
observaciones bioquímicas realizadas sobre células, observó que las mismas se
separaban sincrónicamente (mitosis); sin embargo, al separarlas por una barrera
de vidrio las divisiones celulares no se daban de la misma forma. Esto lo llevó
a concluir que las células emiten irradiaciones propias débiles.
Algunas décadas más tarde, el Dr. Popp realizó un análisis
espectral de las presuntas irradiaciones celulares, y comprobó que las mismas
van desde el violeta al verde, y aunque estos colores son imperceptibles para
el ojo humano, ciertamente las células emiten radiaciones de color.
Dentro del terreno de la bioenergía podemos interpretar
estos procesos como parte de la composición energética de la célula. Estas son
encargadas de llevar a cabo el reparto energético por todo el organismo, y si
podemos armonizar este sin causar anomalías podemos estar prevenidos ante la
aparición de enfermedades.
A esto apunta la cromoterapia, a adquirir de los colores las
propiedades necesarias para balancear la energía que corre por nuestro
organismo. A pesar de que este objetivo tiene una clara influencia por parte de
la Medicina China, el objetivo es el mismo en cualquier corriente medicinal que
incluya la Cromoterapia: sanar a partir de los colores.

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